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¿Qué es eso de la moral? ¿De dónde sale?

Breve explicación del sentido de la moral
La vida moral como camino hacia la plena realización personal

¿Qué es el cristianismo?
Un encuentro salvífico con Dios en Cristo, quien nos redime para conducirnos a la plenitud humana y sobrenatural para la que hemos sido creados.

¿Es el cristianismo una doctrina?
Es mucho más que eso, es una Persona –Jesucristo- que es Dios y nos salva. Esto obviamente supone una serie de verdades: quién es Jesús, qué nos dijo, etc., pero sería absurdo reducir la maravilla cristiana a unos dogmas: se vaciaría a los mismo dogmas de contenido.

¿Es el cristianismo una moral?
Es mucho más que eso, es un camino a la plenitud: “sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Obviamente esto supone que haya algunos comportamientos coherentes y otros incompatibles con ese camino. Pero el cristianismo no es un “reglamento”, una lista de leyes morales.

¿En qué consiste ser cristiano?
Jesús resumió toda su ley en el amor. En esto consiste todo. No hay más: todo lo demás es condición o consecuencia de este amor.

¿Para qué sirve amar?
El hombre ha sido hecho a imagen de Dios porque Dios lo creó para conducirlo a la plenitud de vida en Dios. Y por San Juan sabemos que Dios es amor (cfr. 1 Jn 4,8). De manera, que lo que nos asimilará a Dios y –de alguna manera- nos divinizará es el amor.

¿Los comportamientos concretos tienen alguna importancia?
Sí, mucha. Porque mediante ellos nos “hacemos” a nosotros mismos. Nuestra “forma de ser” –lo que cada uno somos de hecho- es fruto de la herencia genética, de factores culturales y de nuestras propias acciones.
Nuestras acciones nos “modelan”: su principal efecto se da en nosotros mismos.
¿Por qué? Debido a nuestra libertad.
Cuando decido hacer una acción y la hago, mi voluntad adhiere al “proyecto” que esa acción supone. Al querer algo bueno o malo, mi voluntad se identifica libremente con el bien o el mal que la acción comporta. Y al identificarse con el bien o el mal, se hace ella misma buena o mala. Es por esto que quien roba, no sólo toma algo ajeno, sino que se convierte él mismo en un ladrón. Lo mismo vale para la mentira y todos los pecados. Y también para las cosas buenas.

El amor es exigente
Precisamente por ser una cuestión de amor, el cristianismo es exigente: no podía ser de otra manera. No existe –ni es posible- un ideal moral más alto que el cristiano.
El amor por definición quiere el bien para el amado, y esto es gloriosamente exigente: sólo el amor es capaz de conseguir lo mejor de nosotros mismos.

¿Por qué Dios puede exigir algo tan alto?
Porque da su gracia. En el Antiguo Testamento la ley era sólo una guía que indicaba el camino, pero no daba la fuerza para recorrerlo. La gran “novedad” del Nuevo Testamento es que la Nueva Ley del amor, comunica la gracia que hace posible su cumplimiento.

Un principio obvio y básico
El bien hace bien, el mal hace mal.
Precisamente es lo que define el bien y el mal. El bien difunde bien; el mal, mal. El bien enriquece como personas, el mal empobrece y corrompe.
Definir qué es bueno y qué malo no es arbitrario, ni es relativo: el bien y el mal del hombre es tan real como el hombre mismo.

¿De dónde sale la distinción entre el bien y el mal?
Está en la realidad misma: el bien es bueno; el mal, malo. Hay comportamientos que engrandecen, otros que corrompen. Actos que conducen al fin, otros que apartan.
Y está en la naturaleza racional del hombre. Su entendimiento práctico funciona en “coordenadas” de bien y de mal (todo lo práctico es considerado bueno o malo según algún aspecto).

¿A qué llamamos “ley natural”?
Es la ley moral que “guía” la vida del hombre hacia su plenitud. Se llama “natural” porque no está escrita en papeles, sino inscrita en el mismo ser de la persona: es el “deber ser” que corresponde a su naturaleza (a lo que el hombre es).
De modo metafórico decimos que está escrita en el corazón del hombre, para expresar que éste puede “leerla” dentro de sí.
Con esta imagen nos referimos a la capacidad del intelecto humano de descubrir el bien y el mal (la dimensión moral) de su comportamiento, acciones, estilos de vida, etc.
El hombre no determina su contenido, sino que sencillamente lo “ve” con su inteligencia, que puede descubrir qué es bueno y qué malo.
Esto que la “recta razón” descubre es la ley natural.

¿Tiene la razón tanta importancia?
Sí, porque la alternativa es la razón o el caos. El Logos o la irracionalidad.
Dios no nos ha impuesto una ley arbitraria, ha creado la realidad “direccionada” hacia su plenitud. El hombre tiene que descubrir y “realizar” su existencia.
El relativismo renuncia a conducir racionalmente la conducta del hombre. Y esto necesariamente tiene consecuencias trágicas para el mismo hombre.

¿Cómo puede descubrirlo?
El ser humano es un ser tendencial: está hecho de tal manera que tiende al fin para el que ha sido creado –aquel en que encuentra su plenitud y, por tanto, la felicidad-.

Cada facultad y potencia tiende hacia su bien propio (en este sentido particular bien y fin se identifican: el fin al que se dirige, se constituye como bien para ella). En esto no fallan (obviamente salvo caso de enfermedad). A este nivel no estamos hablando del bien global de la persona, sino de un bien particular de una potencia.

En determinados casos, este bien particular de una facultad o potencia determinada, puede constituir un verdadero mal para la persona. La satisfacción de una tendencia concreta puede ser saludable para la persona o no. El helado satisface el sentido del gusto. Puede alimentar al hombre, llenarlo de alegría, etc. Pero también podría obsesionarlo, hacerlo engordar peligrosamente, etc.
Es decir, la tendencia particular no tiene en sí misma el criterio regulador que garantice lo que será enriquecedor para la persona: necesita ser regulado por “fuera” de sí misma.

Esto es así porque al ser el hombre un ser espiritual –no meramente material- sus acciones tienen un significado: no son meras acciones físicas, sino expresión de su persona. Es tarea de la razón captar este significado.

¿Cuál es, entonces, el criterio moral regulador de la conducta humana?
La razón. La función de la razón es conocer. Frente al hombre puede conocer los bienes de cada tendencia y ponerlos en perspectiva con el bien de la persona en su integridad. De esta manera la conduce a la plenitud en la que encontrará la felicidad. Y esto precisamente por la naturaleza tendencial del hombre, de la que estamos hablando: y la tendencia más fuerte del hombre es a comportarse razonablemente. La razón no “crea” la moral, sino que descubre lo que es bueno para el hombre.

¿Cómo puede la razón dirigir el comportamiento humano?
Está hecha para esto. Cuenta con lo que llamamos los primeros principios prácticos. Son semejantes a los primeros principios especulativos, que fundamentan todo el razonar teórico.
La sindéresis es el hábito de los primeros principios prácticos. El primero es “haz el bien y evita el mal”. Todos lo tienen.
También forman parte de la sindéresis, los fines de las virtudes, expresados en su máxima generalidad: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Del nivel de los primeros principios, estudiando y razonando, pasamos al nivel de la ciencia moral.

Un tercer nivel, es el práctico, de los actos concretos, que son regulados por la virtud de la prudencia: es quién “elige” las acciones que pueden realizar la virtud aquí y ahora, en estas circunstancias concretas.

¿Y qué es la conciencia?
Es el juicio del intelecto práctico que juzga la moralidad de un acto que hice, estoy haciendo o haré: ese acto concreto es moralmente bueno o moralmente malo.
Este juicio no es arbitrario, ni es una mera opinión (si algo me parece bueno o me gustaría que no fuera malo): es un juicio racional, la inteligencia delante de Dios juzga sobre la realidad moral de una acción.
La inteligencia no es caprichosa. Y le interesa mucho acertar en este juicio. Porque la vida moral de la persona depende de que la conciencia juzgue rectamente.

Evidentemente juzga, según la ciencia moral: sin ciencia no hay conciencia.
De aquí la importancia de formar la conciencia para que juzgue correctamente. Esto no debe sorprender, ya que todas las capacidades humanas necesitan formación: la capacidad de hablar, la matemática, la deportiva, la artística, etc., sin formación se frustran.

La conciencia no determina la bondad o maldad de un acto, simplemente “declara” lo que ve en la realidad. En este juicio, la inteligencia –como en cualquier juicio que hace- podría equivocarse; y esto sería inconveniente para la persona: lo conduciría a obrar el mal pensando que hace el bien, o al revés.
Este error de la conciencia podría ser culpable (por dejadez en la formación de la conciencia, por precipitación al juzgar, etc.) o inculpable, según la persona sea culpable o no del mismo.
El error inculpable –y por tanto involuntario- de la conciencia (caso en que la conciencia se llama “invenciblemente errónea”) disculpa delante de Dios del pecado.
Pero hemos de tener en cuenta que el mal no conduce a la plenitud, por más inculpable que pudiera ser. De manera que nos interesa mucho acertar, tener una conciencia recta, que nos conduzca por el camino del bien verdadero.

¿Qué son las virtudes?
Aristóteles las define como hábitos electivos, es decir un perfeccionamiento en la potencia operativa correspondiente que facilita a la persona elegir bien en ese ámbito. Así quien es generoso, tiene la “habilidad” de elegir las acciones que realizan una vida generosa.
Con frecuencia se reduce la virtud a su dimensión operativa: un perfeccionamiento de una potencia -resultado de la repetición de actos- que da la facilidad para obrar bien, como si fuera una cuestión meramente “mecánica” (un acostumbramiento).
Pero la virtud es mucho más. Tiene tres dimensiones: una cognoscitiva, otra afectiva y una tercera operativa.
La dimensión cognoscitiva funciona por connaturalidad: quien es generoso, entiende y conoce con facilidad las cuestiones que se relacionan con esta virtud. Ésta es la dimensión más importante. Además le resultará agradable y fácil actuar de acuerdo a ese conocimiento.
Así se ve que para llevar una vida buena (es decir “realizada”) las virtudes son fundamentales.

Hay cuatro virtudes principales, llamadas “cardinales”, porque todas las demás virtudes dependen o están incluidas de alguna manera en ellas.

La justicia: da a cada uno lo suyo, lo que le corresponde y a lo que, por tanto, tiene derecho. El virtuoso no es un mero “medidor” de intereses, sino que se goza en vivir según los derechos: es recto, no le interesa ni quiere más de lo justo para él mismo, le ofendería que alguien pensara que quiere aprovecharse para quedarse con más. El fraude no le atrae. Es justo de corazón. En cambio un corazón injusto está de alguna manera corrompido.

La templanza: conduce a disfrutar de los bienes deleitables en su medida –en la medida que son necesarios y convenientes para la vida del hombre-. Previene para que esos bienes no se conviertan en un problema, en un mal para uno mismo, para que no nos esclavicen. Da dominio, equilibrio.

La fortaleza: da la capacidad de no renunciar al bien por el esfuerzo que demanda o las dificultades que se presentan en su realización. Es entereza, paciencia en la adversidad, fuerza en la voluntad.

Prudencia: la primera y más importante de las virtudes humanas (1). Capacidad de descubrir y elegir las acciones que realizan una vida buena: cómo realizar la virtud en concreto en cada caso. Discierne, decide e impera.

¿Se puede o no se puede?
Obrar bien no es cuestión de si “se puede o no se puede”, sino de cómo realizar la justicia (o la templanza, o la fortaleza) aquí y ahora en nuestra vida (para que sea una vida justa, sincera, etc.). Por esto no tendría sentido plantearse la vida moral en clave de “permisos”: qué está permitido y qué prohibido. Somos libres y como tales podemos hacer muchas cosas. A la hora de actuar deberíamos plantearnos una cuestión: ¿es esto bueno o es malo? ¿quiero hacer el bien (y así “hacerme” bueno) o hacer el mal (y “hacerme” malo)?, ¿cómo realizar el bien aquí y ahora? No se trata de pedir permiso para hacer algo, sino de decidir sobre mí vida.

La ley moral
Una ley moral no es otra cosa que un enunciado breve acerca de la moralidad de ciertas acciones, como por ejemplo la expresión: “tomar algo ajeno, contra la voluntad razonable de su dueño, es ilícito”.
La ley moral tiene fundamentalmente una función pedagógica: enseñar, de un modo sintético y claro, qué es bueno y qué es malo.

¿De dónde sale la ley moral?
La ley moral nace de las virtudes. A partir de ellas la razón encuentra comportamientos compatibles o incompatibles con ellas, que realizan ese ideal humano o lo destruyen.

¿Por qué las leyes suelen tener una sintaxis negativa?
Muchas de las leyes morales expresan prohibiciones: no matar, no robar, etc. Esto se debe a que es más accesible concretar y definir comportamientos incompatibles con la virtud, que aquellos que la virtud prescribe positivamente.
Es posible determinar acciones que nunca es lícito realizar. En cambio, no es posible señalar acciones cuyo incumplimiento positivo constituyera siempre un pecado. Por esto los preceptos negativos obligan siempre, mientras que en el caso de los positivos podría darse que fuera imposible cumplirlos, sin culpa propia. Es decir, que los preceptos positivos no siempre pueden cumplirse -hay cosas buenas que en determinadas circunstancias no puedo hacer; incluso se me puede impedir que las haga-; mientras que hay cosas que nunca debo hacer y nadie puede obligarme a hacerlas.
Además la extensión de los preceptos positivos –hasta dónde obliga- es difícil de medir. Así, por ejemplo, ¿quién puede determinarme cuánta limosna tengo obligación de dar? En cambio los negativos se refieren a acciones que no debo hacer, como quitar la vida a una persona inocente.

Función de los preceptos negativos
Los preceptos negativos, parecen negativos, pero en realidad son muy positivos, ya que protegen bienes fundamentales, que es preciso respetar: familia, matrimonio, vida, honra, justicia en la vida social, verdad, intimidad, etc.
Podríamos comparar la ley a una línea de mínimo: debajo de la cual no es posible amar.

El objetivo de la vida moral no es no pecar, sino crecer en virtud, hacer el bien, vivir en el amor, dar lo mejor de nosotros mismos. El horizonte moral de una persona cuya meta moral fuera evitar el pecado sería muy pobre.

Libertad y ley
La libertad nos da la posibilidad de ser artífices de nuestra realización personal. Somos libres porque no estamos determinados a obrar de una manera fija. Aquí reside la grandeza del hombre: poder adherirse libremente al plan de Dios.
Me hago “bueno” por la identificación con el bien: libremente adhiero a lo bueno y eso me hace bueno.
Somos libres para elegir el bien, para recorrer el camino que nos realiza, nos hace mejores. Los caminos del bien son enormemente amplios, de manera que la exigencia de obrar el bien para realizarme, no restringe mi libertad, sino que es condición de su perfección. La verdadera opción de la libertad no se da entre el bien y mal, sino entre una enorme variedad de bienes.
La elección del mal es un fracaso personal: el pecado es como una catástrofe espiritual y existencial, más allá de lo que pueda sentir en un determinado momento: el pecado hace mucho daño a la persona.
Carecería de sentido considerar la libertad como un estado de indeterminación ante el bien y el mal, como dos caminos igualmente elegibles. Soy libre para elegir el bien, para amar. La libertad no es un fin en sí mismo. Somos libres, sí, pero la pregunta fundamental sería: ¿libres para qué? Para llevar a cabo una vida realizada y plena. Sería una auténtica locura usar de la libertad para destruirnos.
En este sentido la ley es una guía para la libertad: le enseña de modo general donde está el bien y el mal; y así le facilita distinguirlos. Es lo que la brújula para el navegante. No determina el camino –las opciones son casi infinitas- de realización personal, sencillamente le indica los callejones sin salida: las acciones que no conducen a ningún lado y que le son perjudiciales.

¿Lo más importante es cumplir la ley?
No, lo más importante es amar. La ley no santifica, el amor sí.
Un ejemplo aclara mucho la cuestión: ¿quién es el mejor esposo? ¿Quien fuera fiel a su esposa por miedo a irse al infierno, el que lo fuera por amor a su mujer, o el que fuera infiel? No es cuestión de “si se puede o no se puede”, ¿imaginan un esposo pidiéndole a su mujer que le permita serle infiel?
El cumplimiento de la ley es el primer escalón, ya que no es posible amar si no se cumple la ley. Jesús nos dice: “Si me amáis, cumpliréis mis mandamientos” (Jn 14,15).
La cuestión que santifica es cumplir la ley por amor.

Amar es mucho más que no pecar
Además el amor va mucho más allá de lo obligatorio. Y en el cristianismo lo que se nos “manda” es amar. Y amar es terriblemente positivo. Es un camino de crecimiento personal.
Amar no “encorseta” a la persona, encasillándole la vida, reduciéndole la libertad. Por el contrario le abre innumerables vías posibles.

¿Cómo podemos conocer los preceptos fundamentales de la ley natural?
Estos preceptos –de por sí accesibles a la razón humana- Dios ha querido revelarlos para que todos los hombres tuvieran acceso a ellos, de modo completo, sin error y con certeza. Dios se los entregó a Moisés en el monte Sinaí cuando estableció su Alianza con el Pueblo de Israel. Son los Diez Mandamientos

¿Obligan moralmente otro tipo de leyes?
Además de la ley natural, hay leyes “sancionadas” por Dios y leyes sancionadas por el hombre. Son las llamadas leyes positivas.
Una ley, en general, es una ordenación racional tendiente al bien común.
La sociedad civil para su vida necesita una autoridad y orden. Esa autoridad, en ejercicio legítimo del poder, sanciona leyes. Si estas leyes son justas –cosa que se presume- obligan en conciencia a los ciudadanos: existe un deber moral de obedecerlas.
La Iglesia para facilitar la vivencia de la vida cristiana también sanciona leyes (en este caso, leyes eclesiásticas), que obligan en conciencia. Tal es el caso de los mandamientos de la Iglesia y otras leyes (como la del ayuno eucarístico, las que regulan sacramentos, etc.). También estas leyes eclesiásticas obligan en conciencia.

¿Qué es el pecado?
Una desobediencia voluntaria a la ley de Dios. Su malicia principal reside en que el rechazo de su ley, constituye una rebelión contra Dios mismo.
Desde el punto de vista humano, es contraria a la razón (recordemos que la recta razón es la “medida” del bien y del mal: todo pecado es irrazonable).
Y personalmente, es contrario al bien del hombre. Por ir tras un bien aparente, se renuncia al bien verdadero. Es un gran engaño, una verdadera trampa. El pecado es un fracaso en el camino de la realización personal.

¿Qué gravedad tiene el pecado?
Siendo una ofensa a Dios, la gravedad del pecado no depende de cuestiones subjetivas (cuánto a mí me moleste o de cuánto mal yo me sienta después de cometerlo), sino de la ofensa a Dios que constituye y de los bienes que contrarío pecando.
Según las consecuencias que el pecado produce en el alma de quien lo comete, es importante distinguir entre el pecado mortal y el pecado venial, según nos prive o no de la vida divina (la gracia santificante).
El pecado venial es una falta leve, que no produce una separación radical de Dios. A pesar de ser leves, no deberíamos despreciarlos, ya que enfrían la caridad y –si no se los combate- son como un plano inclinado que conduce al pecado mortal.
El pecado mortal es una falta grave que aparta radicalmente de Dios, haciendo perder la gracia santificante. Con ella se pierden los méritos conseguidos en la vida hasta ese momento. Una vez cometido, el alma se encuentra en una situación de privación culpable de la gracia, que se llama “estado de pecado mortal”. Mientras permanezca en este estado no puede recibir lícitamente sacramentos (cometería un sacrilegio si lo hiciera), las obras buenas que realiza carecen de mérito (porque el principio del mérito es la gracia), se expone a perder la vida eterna (si muriera sin arrepentimiento).
Para ser capaz de reconocer si uno se encuentra en estado de gracia es muy importante saber distinguir los pecados veniales y los mortales.

¿Cómo medir la distinta gravedad del pecado?
La gravedad de un pecado depende de su “materia”, es decir de su especie moral (robo, blasfemia, mentira, etc.).
Hay materias en las cuales cualquier violación de la ley moral constituye un pecado grave. En estos casos no cabe la posibilidad de hablar de faltas pequeñas. Es el caso, por ejemplo, de la blasfemia: cualquier insulto a Dios es una falta grave. La idolatría: cualquier adoración de una criatura, es falta grave. De estas materias se dice que “no admiten parvedad de materia”.
Otros temas admiten parvedad de materia, es decir, el pecado será leve si la materia es pequeña, y será grave si la materia es grave. Así es distinto mentir sobre una llamada telefónica a un hermano, que mentir en un juicio; robar 2 pesos será pecado venial, pero si robara el valor de un salario semanal, será mortal.

Si no hago mal a nadie, ¿qué tiene de malo?
No es verdad que el único “criterio” de bien y mal sea la justicia. Una acción que no haga mal a nadie, puede hacerme mucho mal a mí mismo, y eso no puede ser bueno. Recordemos lo obvio: el bien hace bien y el mal hace mal.
El objetivo de la ley moral no es evitar el daño ajeno, sino conducir a la persona a su plenitud. Por eso la pregunta que deberíamos hacernos antes de actuar es la siguiente: ¿esto me enriquece como persona?

¿Cómo se recupera la gracia?
El medio establecido por Dios para la obtención de la gracia es el Bautismo. Y para recuperar la gracia perdida por el pecado mortal después del Bautismo, el sacramento de la confesión.

Pecado, conciencia y prudencia
El pecado es consecuencia de una decisión libre, contraria a la ley moral. No es consecuencia de un error de conciencia: la conciencia juzga “esta acción es mala”, pero mi libertad quiere hacerla.
En cambio el pecado siempre es un error de prudencia (quien “elige” la acción que es conveniente realizar). La persona, decide que es conveniente hacer esa acción, incluso sabiendo que se trata de un pecado.
“Forzar” a la conciencia a que juzgue como buena una acción mala, con la intención de quedarme tranquilo es muy mal negocio. Porque la conciencia es algo “sagrado”, el lugar de encuentro del alma con Dios. Corromper la propia conciencia es realmente malo. Es mucho mejor, obrar mal, sabiendo que obro mal, que autoconvencerme de que eso no es malo.


P. Eduardo María Volpacchio
2.10.07

(1) Obviamente las virtudes teologales son más importantes, ya que permiten el acceso a Dios: son la fe, la esperanza y la caridad. Y entre ellas, la más perfecta es la caridad.

Los buenos modales con Dios

Urbanidad de la piedad

En la vida social hay unas formas, unas "reglas" de buena educación, unas maneras de tratarse, y hasta un protocolo. Una persona se muestra a sí misma, también a través de ellas.
En la religión también hay unos modos de relacionarnos con Dios, mostrarle nuestra fe, nuestra reverencia y nuestro amor. Se la podría llamar la urbanidad de la piedad.
Cuando Dios se aparece a Moisés en la zarza ardiente, lo primero que le dice es "sácate las sandalias... el lugar que pisas es santo". Nos habla del necesario respeto de lo divino, del sentido de lo sagrado. Jesús se vio obligado a poner orden en el Templo de Jerusalén, echando a los mercaderes y cambistas que deshonraban la casa de Dios.
Hay una distancia infinita entre Dios y el hombre: el amor y la confianza que proceden de la filiación divina no conllevan -sería un contrasentido- una falta de respeto o igualdad de situación delante de nuestro Creador.
Padres y colegios formamos gente joven (chicos y adolescentes). Parte de esa formación consiste en enseñarles a comportarse delante de Dios y a tratar las cosas santas.
Es por esto que debemos cuidad las posturas, gestos, etc. de manera particular: no es cuestión de reglas fijas (algunas cosas no están prescriptas por la Iglesia), pero cierta "rigidez" es necesaria al principio: porque son chicas y porque son muchas, para que les quede grabado un estilo.
"Las formas forman" si se les pone contenido -es amor, no mera formalidad- y si se entiende la razón de ser de cada una. Por eso no es exagerado. Mucho de lo que acá se dice tiene una finalidad pedagógica. Todo pretende ser expresión de respeto y amor a Dios.
Jesús resume toda la ley de Dios en un solo mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con toda tu alma". Amar a Dios con todo nuestro ser y nuestra vida. Obviamente incluye nuestros gestos. El amor se nota. Y si no se nota... es que es demasiado débil.
En la Iglesia hay unas normas litúrgicas que garantizan el cuidado del culto a Dios. Una especie de "protocolo" para lo sagrado: modos cómo debemos tratar a Dios y las cosas de Dios.
Ante muchos descuidos e irreverencias con la Eucaristía el Magisterio de la Iglesia se ha visto obligado a recordar e insistir repetidamente en los últimos años en estos temas.
En concreto: Enc. Ecclesia de Eucharistia
Instrucción Redemptionis Sacramentum
Instrumentum laboris del Sínodo de Obispos del 2005

También hay una serie de cuidados que no están preceptuados como leyes litúrgicas, pero que siempre han vivido los cristianos piadosos como expresión de reverencia y amor. Es parte del tesoro del patrimonio espiritual de la Iglesia.
Hemos de estar atentos para que la confianza no degenere en falta de respeto: sería ofensivo para con Dios. Nadie en sus cabales podría decir "porque te quiero tanto, no te respeto, te trato mal y te ofendo".
La dignidad, la delicadeza son necesarias, ya que como seres compuestos de alma y cuerpo, expresamos nuestros afectos, nuestra fe y todo lo espiritual a través del cuerpo..No es verdad que la espontaneidad sea de por sí buena. Depende de qué espontaneidad: la hay buena y la hay salvaje.
No es verdad que las formas reflejen falta de confianza.
El amor tiene una línea de mínima que es el respeto y la veneración. No puedo amar lo que no respeto. Tampoco lo que no venero. El mismo respeto y veneración serán camino hacia el amor, y expresiones de amor mismo.
Nos mostramos a nosotros mismos. Así como el cumplimiento de los modales y normas de buena educación muestran la "calidad humana" de una persona. La urbanidad de la piedad muestra nuestra fe, esperanza y amor. Es respeto y elegancia, aplicado a las cosas de Dios.

1. Buena educación en iglesias y capillas:

Cuidado de las iglesias
Por respeto a lo sagrado (todo lo que tiene que ver con el culto de Dios, tiene un cierto sentido
sagrado) y para que los objetos dedicados al culto luzcan bien para Dios debemos ser extremadamente delicados en el cuidado de las iglesias:

Cuidar la limpieza (papelitos en el suelo por ejemplo) y los bancos: si se apoyan los pies en los reclinatorios se arruina el tapizado, se ensucia, etc. Por supuesto no escribir, no dejar papelitos en el lugar para Misales, no pegar chicles...

Obviamente el buen comportamiento no se limita a la duración de las celebraciones litúrgicas.
Una vez que se ha entrado en la iglesia, se está en un lugar sagrado. Es para rezar. Hay que estar en silencio. Quien no quiere rezar que no entre, o al menos que respete a los que rezan con su silencio. Incluso cuando no está reservado el Santísimo Sacramento en el sagrario.

Silencio sagrado. Desgraciadamente se descuida bastante en muchas iglesias, donde la gente charla con demasiada soltura. Esto hace que por más que insistamos nunca insistiremos demasiado...
Silencio no es un mero no hablar. Expresa respeto, veneración. Es ya una forma de culto, ante Jesús presente en la Eucaristía. Es necesario para descubrir a Dios y poder escucharlo. Tiempo de recogimiento y meditación.
Tenemos que ser capaces de silencio. Muchas personas son incapaces. Nuestra riqueza interior hará que podamos entretenernos con la mirada dentro de nosotros sin aburrirnos.

No correr. Caminar despacio dentro de la iglesia.
Obvio: no comer, chicles..., jugar, muecas, bromas, molestar a otras (tirar del pelo...).
Evitar distracciones. Curiosidad de mirar quién entra o sale. Quien estornudó...

Elegancia en el vestir: cuanto más elegantes, mostramos más respeto y amor (¡hombres con bermudas...! ¡Personas en ojotas!). No es sólo cuestión de no usar prendas indecentes: hay cosas superdecentes que son demasiado deportivas: nadie se las pondría para una sesión de gala en un teatro.

No es cuestión de si se puede o no: es cuestión de amor. Quien ama trata de dar lo mejor a quien ama.

Al entrar en una iglesia
Lo primero, buscar el sagrario, para ir a saludar el Señor.
¿Cómo saber si está reservado el Santísimo? Por la lámpara votiva que debe haber encendida..

Uso de agua bendita. Es un sacramental. Hacer la señal de la cruz con la mano derecha con alguna gota de agua bendita es un gesto tradicional, que quiere pedir a Dios nos bendiga.
Su uso piadoso perdona los pecados veniales de los que estemos arrepentidos.
Siendo que el uso de agua bendita nos recuerda también nuestro bautismo (que representó nuestra incorporación a la Iglesia) se suele usar al entrar en la iglesia.

2. Gestos y posturas litúrgicas

Posturas: no hace falta estar firmes... pero tampoco apoyados en la pared, ni sentados en el piso...

Genuflexiones. Es un acto de adoración, por lo que sólo se hace delante de Dios. Sería un acto idolátrico hacerla ante la Virgen, o ante una imagen. Se hace sólo ante el Santísimo Sacramento: se reconoce que está en el Sagrario por la vela encendida indicando su presencia. El viernes santo se hace la genuflexión también ante la cruz, adorando a Cristo que en ella ese día murió por nuestra salvación.
La rodilla derecha toca el suelo, con el cuerpo erguido, mirando hacia el sagrario.

Inclinaciones de cabeza. Señal de respeto y veneración. Se hace ante el altar (que representa a Cristo) y ante imágenes.
Hay que distinguir el sentido de la genuflexión y el de la inclinación de cabeza. La genuflexión es un acto de adoración; la inclinación de cabeza, de reverencia. Sólo se adora a Dios (hacer la genuflexión ante una imagen de la Virgen sería un pecado de idolatría).
Cuando no está el Santísimo en el Sagrario se hace reverencia ante el altar. Si está el Santísimo, se hace genuflexión.
El sacerdote hace una inclinación de cabeza al nombrar el nombre de Jesús, de María y del santo que se celebra ese día.
En el Credo está previsto que los fieles se inclinen al proclamar el artículo de la Encarnación.
Se hace una inclinación, de cabeza antes de comulgar, ante la Eucaristía (cuando se comulga de pie).

Arrodillados. Actitud de adoración. Apoyados en las rodillas, derechos (obviamente sin apoyar el cuerpo en los talones). En la Misa permanecemos arrodillados desde la epíclesis hasta después de la consagración en la Plegaria Eucarística.

De pie. Actitud de respeto y atención. Derechos, sin apoyarse en los bancos ni en las paredes.
Cuando el sacerdote entra revestido para la Misa nos ponemos de pie, como señal de respeto a Cristo, a quien representa.

Sentados. Actitud receptiva, para escuchar y meditar, durante las lecturas. Durante el ofertorio –hasta el "Orad hermanos para que este sacrificio…", cuando nos ponemos de pie– y la acción de gracias.
Cuidar la forma de sentarse. Derechos, sin "acostarse" en los bancos. Sin apoyar los pies en los reclinatorios (se arruinan, los zapatos llenan de polvo los reclinatorios que después manchan las rodillas de los pantalones).
Es mejor no sentarse en el piso: no es una actitud digna para un acto de culto.
No cruzar las piernas: es un signo de distensión. No es elegante hacerlo.
En las ceremonias litúrgicas es necesario saber cuando sentarse, pararse, arrodillarse.

En la fila para comulgar. No es una cola, es una procesión hacia Jesús. Vamos preparándonos a recibir al Señor. Supone recogimiento interior (concentrados, sin la curiosidad de mirar para todos lados, darse vuelta, etc.). No llevar las manos en los bolsillos (postura poco reverente).

Lecturas. Leer con voz clara, fuerte y pausada. Sería bueno ensayarlas antes. No olvidar que se proclama la Palabra de Dios.

Elegancia en los gestos litúrgicos:

Señal de la cruz: signo del cristiano, señal de nuestra pertenencia a la Santísima Trinidad y de haber sido redimidos por Cristo en la Cruz. Trazar realmente una cruz con la mano (de otra manera no sería signo de nada). Llevándola de la frente al pecho, y del hombro izquierdo al derecho. Sin apuro, sin "atajos" (en línea recta).

Golpes en el pecho: en el acto de contrición, señal de dolor del corazón por haber ofendido a Dios.

Saludo de paz. Es un signo de nuestro amor a los demás. Se da sólo a quienes están a nuestro lado. No se sale del banco para saludar a otras personas. No perder de vista que estamos en una ceremonia litúrgica, y que sobre el altar está Cristo realmente presente en la Eucaristía. No es un saludo: es un gesto litúrgico de desearse la paz de Cristo mutuamente.

Oraciones. Recitarlas con pausa y atención. Con dignidad. Ni muy lento que aburre, ni tan rápido que imposibilita fijar la atención. Acoplándose al ritmo de los demás (al unísono), de manera que suba una sola oración al cielo.

Canciones: el canto es oración. Debería ser nuestra oración. Cantar con dignidad.

Respeto al traslado del Santísimo

Cuando se traslada el Santísimo los fieles debes mostrar su adoración cuando pasa frente a ellos.
Tener en cuenta de que es Dios realmente presente en la Eucaristía quien está delante nuestro. Sería una irreverencia quedarse como si no pasase nadie.

Ejemplo 1: van a llevar la Comunión a un enfermo a la casa. El sacerdote lleva el Santísimo.
Obviamente se trata de no darle conversaciones frívolas, ofrecerle algo para tomar, etc., ya que está llevando a la Eucaristía.

Ejemplo 2: pasa el sacerdote con el Santísimo para trasladarlo a otro sagrario. Si pasa delante nuestro revestido con ornamentos, lo normal será ponerse de rodillas o al menos quedarse de pie con respeto mirando en silencio hasta que termine de pasar.
También corresponde arrodillarse cuando se abre el sagrario para exponer el Santísimo, para llevar la Comunión a un enfermo, etc.


P. Eduardo Volpacchio
capellania@colegioelbuenayre.edu.ar
25.10.06

La realidad del aborto


Acá tenemos una película corta sobre el aborto. Las discusiones comienzan después de ver qué es en realidad un aborto.

¿Qué es en realidad un aborto?

Una sociedad que acepta el aborto está muy enferma. Hoy en día el lugar más peligroso para la vida de un chico puede ser el vientre de su madre. Si consideramos las probabilidades de supervivencia desde su concepción hasta su nacimiento, con las probabilidades desde el nacimiento hasta los 70 años, nos daremos cuenta que algo realmente malo está pasando. El vientre de su madre puede ser más peligroso que el barrio mafioso más peligroso…
Muchas organizaciones internacionales luchan por reducir la mortalidad infantil –un muy buen trabajo– pero posiblemente la causa más frecuente de muerte infantil no es registrada por sus estadísticas: el aborto.
Se debate mucho sobre el aborto. Es este artículo se desarrollan ideas básicas, elementales, que apuntan a lo esencial del asunto.

¿Qué es "eso": un embarazo o un niño?
La primera y fundamental idea: Cuando vemos una mujer embarazada, nos damos cuenta de que lo que está creciendo en su vientre es un ser humano. Esto es obvio. No es simplemente un embarazo. El embarazo es un estado, el estado de una mujer que tiene un hijo. El embarazo no significa que una mujer va a tener un hijo, significa que ya lo tiene ahora.
¿Qué es esa “cosa” que hace que la mujer engorde? La ciencia nos dice:
Genéticamente, eso es un ser humano. No hay en absoluto duda sobre esto. Si alguien niega esta afirmación, debería responder la siguiente pregunta: ¿qué es entonces? ¿un conejo? ¿a lo mejor un gusano? ¿quizá una masa informe de células? Debería explicar como algo que no es humano puede transformarse en humano después de un tiempo. La genética nos dice que ese ser tiene 46 cromosomas humanos, que genéticamente pertenece a la raza humana.
Este ser humano está completo. Aunque le esté faltando desarrollo, desde la primera célula, tiene toda la información genética para crecer: todo está en la primer célula: raza, sexo, órganos, carácter, etc. El tiempo le permitirá crecer, pero genéticamente no cambiará. Desde la primera célula hasta la edad adulta la única diferencia será de edad.
Este ser humano es diferente de su madre y su padre. Si fecundás in vitro un óvulo de una mujer blanca con espermatozoides de un hombre blanco, y lo implantás en una mujer africana, ella dará a luz a un chiquito blanco, mostrando que la africana sólo le ha dado un lugar para vivir y lo ha alimentado. Por tanto, ese ser humano no es parte de la mujer que lo lleva y alimenta.
Este ser humano es único e irrepetible. Su madre puede tener otros hijos, pero nunca puede tenerlo a él de nuevo. Para él existen sólo dos posibilidades: que le den la oportunidad de crecer o que lo asesinen a pesar de su inocencia.

Pero entonces ¿qué es un aborto?
El aborto consiste en la eliminación voluntaria de un ser humano que está creciendo en el vientre de su madre. No se puede definir como "la terminación de un embarazo " porque esto no es la esencia del acto sino sólo su consecuencia. Es verdad que el embarazo se termina con un aborto, pero sólo porque alguien ha matado al bebé; no hay fin del embarazo sin destrucción del chico. Es un eufemismo hablar de fin del embarazo sin referencia al sistema para terminarlo, es decir el asesinato del bebé. Quienes buscan razones para justificar este homicidio, deberían considerar que este ser humano es inocente, no puede defenderse, ni siquiera llorando, no puede pedir ayuda, sufre…
Por tanto, cuando discutamos sobre el tema del aborto, nuestra atención debe estar centrada en el chico, porque el punto en discusión es: si permitimos a este chico vivir o no. Otras consideraciones -la situación de la madre, sus problemas, su futuro, si ama o no al chico, etc.- pueden ser muy interesantes y deben ser tenidas en cuenta, pero no se puede centrar la atención exclusivamente en ellas: sería escapar del núcleo de la cuestión. En realidad, estamos hablando de matar a un chico. Pensar en la madre olvidando su hijo es, al menos, estar fuera de foco. Cuando discutas sobre el aborto, no te confundas con argumentos que llevan la conversación fuera del hecho real en discusión: si es bueno o malo matar a un chico en el seno de su madre.
Se puede ver qué es un aborto en el video “Dura realidad” en http://www.hispanicsforlife.org/

Aborto y maternidad
Hay muchas razones por las que un embarazo puede resultar incómodo para una mujer. Pero si ella está embarazada no puede evitar ser madre, porque ya lo es… No es que ella vaya a ser madre, ella ya es madre de un bebé muy chiquito y simpático que está creciendo en su vientre. El aborto no es un viaje en el túnel de tiempo, no la va a llevar al pasado unos momentos antes de las relaciones sexuales. No va a cambiar el pasado. El aborto no evita el embarazo, solamente mata un bebé. El aborto no salva a una chica de convertirse en madre. Nunca olvides que para mujer embarazada la verdadera alternativa no es "ser madre" o "no ser madre", sino "ser madre de un chico vivo" o "ser madre de un chico muerto", porque ella ya es madre del bebé que tiene en su seno.

Diferencia entre aborto e infanticidio
Nadie duda de que el aborto sea la eliminación de un ser humano, porque nadie duda la naturaleza de lo que es eliminado por el aborto. Entonces, la aceptación del aborto implica la aceptación de que el asesinato de un ser humano en cierto estadio de su crecimiento, es una acción lícita. Por supuesto, los partidarios del aborto no defienden la eliminación de un ser humano de cualquier edad, sino sólo cuando éste está viviendo en el seno de su madre y no después. Esta distinción no parece muy coherente porque la única diferencia es estar dentro o fuera del útero. Podemos decir que lo que determina la bondad o maldad de este homicidio es el "domicilio". Parece ser el único caso en la historia en la que la dirección determina el derecho a vivir o no.
¿Cuál es la diferencia entre el aborto y el infanticidio? ¿La media hora del parto? Si una madre mata a su hijo justo después del nacimiento, cometería un asesinato e iría a parar a la cárcel. Si lo mata media hora antes, el asesinato sería lícito, hasta se hablaría de "maternidad segura", "derechos reproductivos", etc. Esta increíble diferencia de evaluación del mismo hecho -la eliminación de un bebito como ejercicio de un derecho o asesinato- en tan poco tiempo no parece ser muy coherente.
La vida humana es sagrada porque es vida humana. Esta es la razón por al que un ser humano tiene derecho a vivir. Es un derecho absoluto. Todos y cada ser humano tiene derecho a la vida independientemente de su edad, raza, religión, nacionalidad, etc. Cuando se comienzan a hacer distinciones para justificar la eliminación de un chiquito, considerando excepciones o tratando de establecer cuando la vida humana es sagrada y cuando su sacralidad desaparece, el derecho a la vida se convierte en un asunto arbitrario. Una de las cosas más peligrosas que pueden pasar en la sociedad es que alguien se atribuya el poder de decidir qué clase de persona tiene derecho a vivir y cuál no. Hoy el derecho a la vida es negado a los chicos en el vientre de su madre, mañana a aquellos que tienen deformidades o están enfermos, el día de mañana a aquellos que no tienen los ojos azules… La alternativa es clara: el ser humano tiene derecho a la vida o no lo tiene, porque ese derecho no depende de la edad, salud, dinero, energía, capacidades, raza. Es anterior a toda otra consideración, procede del simple hecho de ser humano.

El "precio" de un aborto: ¿hay algún aborto "seguro"?
No debemos olvidar que en un aborto hay dos víctimas: el bebé y su madre. Aparentemente el aborto soluciona un problema de la madre –ella no necesitará cuidar a su hijo porque ha muerto–, pero en realidad le crea un montón de problemas. Oirás hablar de abortos "inseguros" que necesitan ser hechos "seguros", y por tanto legalizados como si la ley les aportara seguridad. Los promotores del aborto identifican ilegal e inseguro por un lado; y seguro y legal, por otro. Una identificación absolutamente arbitraria. La realidad es que no existen tales abortos seguros porque hay mujeres que mueren a causa de abortos legales, y porque para el bebé siempre es inseguro toda clase de aborto sin distinción de status legal. Veamos algunas de las consecuencias más corrientes de aborto en relación a la mujer:
Consecuencias físicas del aborto. Los riesgos inmediatos son dolor intenso, perforación del útero, excesivo sangrado, infecciones, partes del bebé dejadas adentro, shock/coma, daño de otros órganos, muerte. Riesgos posteriores son la imposibilidad de quedar embarazada posteriormente, pérdidas de bebés, embarazos ectópicos, partos prematuros, enfermedad de la inflamación de la pelvis, histerectomía, cáncer de pecho, etc.
Las consecuencias psicológicas más comunes son sentimiento de culpa, deseos de conseguir un nuevo embarazo, depresión, llanto, incapacidad de perdonarse a sí misma, intensa tristeza y duelo, bronca, insensibilidad emocional, disfunción sexual, baja autoestima, pesadillas, anorexia u otros desórdenes alimentarios, abuso de alcohol o droga, deseos de suicidio, etc.
En Medicina se habla del Post Abortion Syndrome (Mujeres que sufren angustia mental y emocional después de un aborto): "El aborto tiene un doloroso después, independientemente de las creencias religiosas de la mujer, o cuán positivo ella puede haber sentido su decisión de abortar antes del aborto." (Vincent Rue, Ph.D. - Psicólogo).
La Dra. Anne Speckhard, en su estudio sobre Post Abortion Syndrome, encontró los siguientes efectos en la mujer:

EFECTOS RELACIONADOS CON EL ABORTO

- 23% tuvo alucinaciones relacionadas con el aborto
- 35% percibió visitas del chico abortado
- 54% tuvo pesadillas relacionadas con el aborto
- 69% experimentó sentimientos de "locura "
- 73% tuvo flashbacks de la experiencia del aborto
- 81% tuvo preocupaciones por el chico abortado

MÁS COMUNES PROBLEMAS DE COMPORTAMIENTO DESPUES DEL ABORTO

- 61% aumenta su consumo de alcohol
- 65% tiene pensamientos de suicidio
- 69% estuvieron sexualmente inhibidos
- 73% tuvieron flashbacks del aborto
- 77% experimentó incapacidad para comunicarse
- 81% experimentó llanto frecuente

Considerá solo la esterilidad: entre el 5 y el 10% de las mujeres que abortan quedan estériles… ¿Te das cuenta del dolor que esas madres sufren por haber matado el único chico que ellas podrían haber tenido?
En esta discusión los defensores del aborto tratan de presentar el tema como una disyuntiva: los derechos de la madre contra los derechos del chico. Y urgen a la opinión pública a apoyar los primeros. No debemos entrar en esta polémica porque la alternativa que presentan es falsa. El aborto daña a la mujer con heridas que durarán toda su vida. Para poner el tema en términos de derechos, podríamos hablar de los derechos de los aborcionistas a hacer negocios con la industria del aborto, contra el derecho del chico a la vida y los derechos de la mujer a la salud mental y física.
Podemos concluir que el aborto es "seguro" solo para el aborcionista que obtiene grandes beneficios económicos del mismo.

Las comunes excusas aducidas para justificar el aborto

1. Los promotores del aborto usan los "casos extremos" -“hard cases”- para justificar el aborto.
Se trata de tres situaciones muy duras: el caso de peligro para la vida de la madre y los casos de embarazo como consecuencia de violaciones o de incesto. ¿Sabés que porcentaje de los abortos se deben a estas razones en los Estados Unidos? Menos del 1%. Impresionante, ¿no es cierto? Moviendo la sensibilidad de la gente con los casos difíciles, abren la puerta para el aborto libre que es lo que los aborcionistas realmente quieren. En los casos de violación e incesto hay muchas razones para no abortar en defensa de la salud mental de la madre (podés encontrar abundante bibliografía en Internet sobre el tema). Y el caso de riesgo para la vida de la madre con los avances de la medicina, prácticamente no existe. Además, en los casos difíciles la respuesta es exactamente la misma que para el resto de los casos: ninguna razón puede justificar el asesinato de un chico inocente.

2. Otras veces oímos hablar de anormalidades en el bebé.
Quizás, si el chico tuviera algún defecto o fuera retrasado mental… ¿no sería un acto de piedad abortarlo? En realidad quien piensa así, está diciendo que si el chico no pasa un control de calidad, habría que eliminarlo, no merecería vivir… esto por el bien de la Humanidad, por supuesto. No ser perfecto, no quita el derecho a la vida. Habría que pensar que harías frente un chico de 10 años ciego, paralítico y sordo… ¿lo matarías? ¿Qué diferencia hay entre eso y hacerlo antes de que nazca? Estas circunstancias nos deben mover a querer más a esos chicos. De hecho, todas las asociaciones de chicos con discapacidades están en contra del aborto.

3. Otra excusa es la existencia de abortos ilegales.
El hecho de que algo malo sea hecho por la gente, no justifica su legalización, y menos todavía la legalización soluciona el problema. Este argumento podría ser aplicado al asesinato, robo, violaciones, contrabando, corrupción, etc., pero nadie lo hace. La triste experiencia de los países que han legalizado el aborto muestra que en todos ellos el número de abortos se ha incrementado como consecuencia de la ley, porque la ley tiene un valor pedagógico: dice a la sociedad qué es correcto. Además aprobar el aborto empuja a muchas mujeres en crisis hacia la solución aparentemente más fácil, algo que ellas después lamentarán toda su vida.

4. Frecuentemente se oye hablar de «embarazos no deseados».
En primer lugar tendrían que explicar por qué el hecho de que un embarazo pueda sorprender a una mujer, ésta tendría derecho a eliminar al chico y para así reponerse de la sorpresa… Hay un salto muy grande, sin relación lógica.
Por otro lado, este concepto es tan genérico que da lugar a muchos equívocos. Debemos clarificar el término porque embarazo siempre refiere a un chico (no hay embarazo sin chico) y aunque se pueda hablar de «embarazos no deseados», uno no debería hablar de «chicos no deseados», aunque los enemigos de los niños lo hacen. Puede ser verdad que un chico sea inesperado y una sorpresa para la madre, pero si uno aplica el concepto de «no querido» al chico, estamos en problemas. Casi siempre embarazos «inesperados» son seguidos por chicos «muy queridos» (¡quizá nuestra misma madre se sorprendió al descubrir que estaba embarazada con nosotros!)
Veamos tres consideraciones sobre el término.
La consecuencia natural de una relación sexual es un embarazo. ¿Qué otro fin puede tener introducir semen en la vagina de una mujer (porque es lo que dos personas hacen cuando tienen relaciones sexuales)? Una mujer debería saber que después de tener sexo con un hombre puede quedar embarazada (suponiendo que no es estéril). ¿No es ridículo hablar de «no querido» la consecuencia natural de algo que la mujer hizo «queriéndolo»? Entonces, deberíamos concluir que ese embarazo no es tan «no deseado».
Hablar de chicos «no deseados» es muy peligroso. En primer lugar porque el concepto de «no deseado» no es médico, ni biológico, sino fruto de una decisión personal. Una persona se transforma en «no deseada» sólo cuando alguien lo declara tal. Si fuera correcto eliminar el derecho a la vida de aquellas personas consideras no queridas por alguien, la vida en la sociedad se tornaría muy difícil. ¿Porqué no declarar «no deseada» a una abuela enferma? ¿A un vecino molesto que no permite dormir de noche con sus ruidos? ¿A un cliente que no paga las deudas? ¿A un conductor que me cierra en una curva? Los ejemplos se pueden suceder hasta el infinito. También podría pasar que el bebé que fue muy «querido» durante el embarazo, unos años después se vuelva «no querido» porque en el colegio no le va tan bien como sus padres esperaban y no satisface sus expectativas…
La "aparición" de un chico puede ser "inesperada", pero cuando está aquí, la única respuesta correcta es brindarle amor y la oportunidad de vivir. Incluso en el caso de una chica que no quiere conservarlo con ella, le debe, al menos, dar el amor de ofrecerle unos padres adoptivos que lo amen. El chico en su vientre no pide demasiado, solo nueve meses de cuidados. Un chico no es una enfermedad, cuando una mujer tiene una gripe porque un virus ha entrado en su organismo, se la cura matando el "intruso" con antibióticos. Pero un chico no puede ser considerado un virus «no deseado» que está atacando la madre.
Por lo tanto, quien no quiera correr el riesgo de ser declarado «no querido» y, por lo mismo, eliminado por otra persona, no debería hablar de embarazos o hijos «no deseados», mejor será hablar de chicos inesperados, y tratar de amarlos como a uno mismo.

5. Otro caso es el de una chica estudiante que queda embarazada y no quiere perjudicar su futuro académico. No es verdad que tener un hijo le impida estudiar. Deberá quizá interrumpir su estudio unos meses… y después de dar a luz puede continuar sus estudios. Ella debería haber pensado en el asunto antes de tener relaciones sexuales -entonces hubiera evitado quedar embarazada, evitando lo que lo produce- pero ahora que su hijo está viviendo en su vientre, la única decisión humana es darle amor y la posibilidad de vivir. Esperar nueve meses no es demasiado.

Tácticas pro-aborto

Los promotores del aborto no tienen ningún problema en mentir para que cambiar la ley.
No hay que olvidar que en muchos países las campañas pro-aborto han hecho uso de mentiras para conseguir el apoyo de la opinión pública. El sistema ha sido presentar estadísticas inventadas sobre el número de mujeres que morían como consecuencia de abortos "inseguros" (en su esquema sinónimo de ilegal), del número de abortos ilegales que exigirían ser legalizados (¿?) y el porcentaje de gente que apoyaría dicha legislación. En la mayoría de los casos las estadísticas fueron falsas. Para mayor datos los remito al testimonio del Dr. Nathanson (http://www.buzoncatolico.org/actualidad/abortocartadeldrbernardnathanson.html).

Confundir el vocabulario
Los pro-aborto hablan de "salud reproductiva", "derechos reproductivos, maternidad segura y otros términos similares para ocultar la cara real del aborto. Nunca hablan de niños ni de bebés, o de las consecuencias del aborto para la madre, quieren –necesitan– que la gente se olvide de la realidad de lo que es un aborto. Por eso se vuelven locos cuando los defensores de la vida muestran películas o fotos de chicos abortados, porque muestran gráficamente la realidad. Nunca apoyarán planes de adopción, darán ayuda a chicas embarazadas o tratamientos post-aborto porque su objetivo –su negocio– es que aborten cuantas más mejor.
Dicen estar a favor de la decisión (pro-chioce) para presentar con una cara simpática la promoción del aborto, porque nadie quiere ser pro-aborto. Pero, si analizás qué clase de elección promueven, te darás cuenta de que es una elección muy mala: matar a un inocente bebé.

Desviar la discusión a otros ámbitos
Por eso, te dirán que no quiera imponerles tu religión. Pero, ¿quién está hablando de religión? Este no es un tema religioso, es de derechos humanos. No se trata de discutir entre distintas religiones.
Te dirán que respetes su libertad, que si no quieres, no abortes, pero dejes abortar a los demás. Falso, no es cuestión de respeto de libertades, es cuestión de proteger la vida indefensa.

La batalla contra el aborto

Salvar chicos del aborto es una tarea que nos involucra a todos. Nadie puede mirar indiferente, o hacerse el distraído mirando para otro lado. Cuando se matan chicos uno no puede excusarse en la libertad ajena y quedarse tranquilo pensando que yo no los mato.
La batalla de la defensa de la vida humana tiene varios frentes. En general, esforzarse por crear una cultura que ame la vida. En lo operativo concreto, cara al aborto, hay cuatro tipo iniciativas básicas: apoyar las leyes que defienden la vida e impedir las que favorezcan el aborto, ayudar a mujeres embarazados que se encuentran en dificultades, colaborar con los organizaciones que se ocupan de la adopción de chicos, y enseñar a la gente a vivir la castidad, que es la solución definitiva.

Es muy útil ayudar en un movimiento pro-vida: hace que los esfuerzos sean mucho más eficaces, brindan formación, animan, aportan material para propaganda, etc., etc., etc., y, además ¡uno se lo pasa en grande! (me refiero sobre todo a los movimientos de jóvenes pro-vida).

Ayudar a mujeres embarazadas con problemas. "Lo que es bueno, es bueno; lo que es malo, es malo". Debemos aplicar esta sencilla proposición al caso del aborto. Tener relaciones sexuales sin estar casado es moralmente malo. Un bebé es siempre bueno. No podemos confundir una acción con una persona. A veces la sociedad puede ser hipócrita: cuando considera normal la vida sexual activa de los adolescentes, y se sorprende de los embarazos de los mismos. No olvidemos en la mayoría de los casos el aborto es consecuencia del miedo, la angustia o la desesperación; y que es buscado como una vía de escape. ¿Cuántas chicas matarían a sus hijos si encontraran comprensión, ayuda y cariño? Muy pocas.
Muchos abortos son consecuencia de presión de la sociedad.
Hay muchas soluciones para el resolver los problemas que el aborto pretende resolver, pero eliminar un chico inocente, nunca es parte de la solución. Los problema son cosas que les suceden a los seres humanos, pero una persona no es un problema. Eliminar un ser humano para resolver un problema personal... no soluciona nada. Sólo crea un nuevo problema: me convierto en un asesino. Busquemos soluciones para los problemas reales -ayuda económica, cuidados médicos, quizá adopción...- ¡Todos los problemas tienen solución!

La solución definitiva al problema del aborto
La principal causa del aborto es la promiscuidad sexual. Y esto no hay quien pueda negarlo. ¿Cómo evitar que se maten chicos con abortos? Enseñando a la gente a vivir la castidad. La prevención real y definitiva al aborto es la pureza: la abstinencia sexual antes del matrimonio y la fidelidad después. Si una persona no está preparada para tener un chico, no debe tener relaciones sexuales. Esto es simple y evidente. Quien no quiera enfrentarte con un embarazo, no debería hacer lo necesario para tener un chico. La abstención del uso de la sexualidad antes del matrimonio es el sistema más efectivo para evitar abortos.
Con frecuencia se oye decir que el camino para luchar contra el aborto es la anticoncepción. Nos dicen que cuantos más anticonceptivos se consuman, menos abortos serán necesarios. Esto parece lógico, pero la realidad muestra lo contrario: las estadísticas dicen que los países con más alto índice de anticoncepción, son los que tienen más abortos.

Esto es así por tres razones:
No hay anticonceptivo que sea 100% seguro. El índice de fallo varía según el tipo de anticonceptivo y la “habilidad” del usuario, pero ninguno garantiza con el 100% no tener un bebé. De manera, que la anticoncepción necesita tener el aborto, como cobertura para el fallo anticonceptivo. De hecho, el 40% de las personas que acuden a las clínicas abortistas de Marie Stopes en Gran Bretaña, culpan del embarazo a fallos anticonceptivos.
Además, muchos anticonceptivos, no conducen al aborto... porque ellos mismos son abortivos. Anticonceptivos sin efectos abortivos son los de barrera -previenen el encuentro del óvulo con los espermatozoides-; y éstos son los que tienen más alto índice de falla. Todos los anticonceptivos hormonales (diferentes tipos de pastillas o inyecciones) tienen además de efectos anticonceptivos -procurar evitar la ovulación y tratar de impedir el ascenso de los espermatozoides hacia las trompas de Falopio-, otro que "cubre" los posibles fallos de los dos anteriores: hacer imposible la implantación del minúsculo ser humano en caso de ser concebido. De forma que tienen un potencial efecto abortivo.
La mentalidad anticonceptiva y el aborto tienen la misma raíz: ver el embarazo como una enfermedad y al bebé como un enemigo que hay que combatir a cualquier precio.

Eduardo M. Volpacchio
NOTA: Podés encontrar abundante material sobre el aborto en http://www.vidahumana.org/

¿Tiene sentido la mortificación?

Para quienes se horrorizan de la mortificación cristiana

Cada año con la llegada de la Cuaresma -tiempo que los católicos dedicamos a intensificar la oración y la penitencia- se reavivan las críticas, burlas o incomprensiones, hacia las prácticas cristianas de mortificación, llegando en ocasiones al escándalo: no faltan quienes se sorprenden indignados de que todavía en el mundo secularizado y moderno haya quienes se mortifican.

Problemas de entendimiento
No deja de resultar curioso el rechazo que siente la cultura postmoderna por la mortificación ajena. En el fondo, parecería encerrar una buena dosis de hipocresía.

Si se lo mira, desde un punto de vista meramente terrenal, se trata de algo libre que además beneficia a quien lo practica. En efecto:
· supone el ejercicio de la libertad personal: nadie es obligado a hacerlo, sino que se hace de buena gana
· se realiza por motivos espirituales: de elevación y mejora personal
· no perjudica a nadie: por el contrario, muchas mortificaciones favorecen a los demás (uno se niega a sí mismo en beneficio del prójimo).
· no daña la propia salud: es más, muchas mortificaciones contribuyen a su mejora.
· se practica privadamente: no tiene por qué molestar, ya nadie hace gala de sus mortificaciones, ni las muestra, ni las hace en público, sino que intenta ser lo más discreto posible por una cuestión de humildad, siguiendo la enseñanza del Maestro: “cuando ayunéis, no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostro para que la gente vea como ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que los hombres no adviertan que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6,16-18).

Así mirado, en realidad debería mover a la admiración y alabanza ajena.
Por el contrario, es llamativo que en una cultura que se dice tolerante con todas la opciones personales, la mortificación produzca semejante rechazo: debería entrar entre lo buenamente tolerado.
Este escándalo es por lo menos contradictorio. Se da en un mundo que “bendice” -por ejemplo- la eutanasia, lo que podría considerarse la peor de las mortificaciones (obviamente no lo es, ya que no es un acto de generosidad, en el que uno se ofrece por los demás). Y paradójicamente se da que quien no ve con malos ojos que quien está harto de vivir (o sufre) se mate a sí mismo y que la sociedad lo ayude a hacerlo, se horroriza porque una persona decide sufrir un poco por motivos altruistas.

El sacrificio es parte de la vida de cualquier persona. Cambian las motivaciones y las prácticas concretas. De hecho, la cultura que rinde culto al cuerpo tiene también su “mortificación” secularizada:
· piercing: agujerearse el cuerpo y llevar colgando todo tipo de metales en las partes más variadas del cuerpo: lengua, ceja, cintura, pechos, etc.
· tatuajes: marcarse el cuerpo como antiguamente se hacía a los esclavos con inscripciones que duran para toda la vida
· cinturones gástricos que impiden comer más de al cuenta
· costosas cirugías estéticas para mejorar el perfil de la cara
· la competición deportiva exige a los atletas sacrificios dietéticos y de entrenamientos muy duros.
· dietas extenuantes para lucir el cuerpo exageradamente flaco que exigen a las mujeres los cánones estéticos actuales; y que no pocas veces conducen a enfermedades psiquiátricas como la anorexia o la bulimia
· horas agotadoras de gimnasio para conseguir una musculatura “dibujada” y una pancita plana.
· exposición solar por horas sufriendo un calor a veces insoportable para lucir un bronceado que teóricamente mejore la propia imagen (esto sólo lo hacen los blancos, paradójicamente las personas de otras razas intentan blanquear el color de su piel)
· encierro por horas en boliches sin luz, sin aire, llenos de humo, con música ensordecedora, en horarios que exigen horas de paciente espera...

¿No será que lo no se entiende y hasta escandaliza no sea la mortificación en sí misma, sino el motivo por el que se realiza?
En efecto, lo que no se entiende de la mortificación cristiana es el por qué: no se hace para ganar dinero, ni para adquirir fama, ni gloria, ni poder, ni para triunfar profesional o deportivamente, ni para tener un cuerpo más atractivo, ni por motivos egoístas. Todo sacrificio hecho por motivos terrenales es elogiado. Pero, si la motivación dice ser espiritual, la cosa cambia. Desconcierta... y hasta indigna.

Y a ese mismo mundo de las dietas estrictas le parece un horror el ayuno: que una persona deje voluntariamente de comer por amor a Dios le suena como un acto oscurantista, retrógrado, masoquista y superado... Y le molesta que haya gente que lo practique. De la práctica de la mortificación corporal ni hablemos.

Y los que se escandalizan por el celibato (que haya quienes no se casen por el Reino de los Cielos les parece una afrenta a la humanidad), son los mismos que no quieren casarse para no atarse a nadie (¿para qué casarse, se preguntan, si se puede gozar de una mujer/hombre sin compromisos y sin hijos, y cambiarlo/a cuando se quiera, sin más trámite?)

La sorpresa de algunos de nuestros contemporáneos ante la mortificación resulta más curiosa todavía si se tiene en cuenta que no es algo nuevo: los cristianos se han mortificado ininterrumpidamente durante los 2000 años del cristianismo. No se trata de un invento reciente de algunos cristianos, sino de una práctica dos veces milenaria de todos ellos. Sin ir más lejos, la Cuaresma (ese tiempo de preparación para la Pascua que se caracteriza por la práctica de la mortificación más intensa) procede de los primerísimos siglos: consta que ya en el siglo II los cristianos ayunaban como preparación a la fiesta de la Resurrección.

Esta incapacidad para entender la mortificación es una limitación cultural. Ya pasará, es consecuencia de las modas imperantes.
La cultura hedonista es un fracaso antropológico, que hace mucho daño al hombre. Basta ver sus frutos: depresión, soledad, odio a los bebés, disminución de matrimonios, plaga de divorcios, abortos, promiscuidad, exaltación de la pornografía y de la prostitución, sida, masacres de embriones, experimentación con seres humanos, intentos de “producción” de seres humanos para la provisión de órganos a personas enfermas...
El hedonismo hace mucho daño al hombre. Ya pasará, como todas las modas. Es una lástima la gran cantidad de gente que destruye su vida (¡la única que tiene!) encandilados por la cultura de la muerte, con un proyecto vida tan dañino para ellos mismos. Es cuestión de paciencia porque sabemos que después de una generación viene otra... y las modas pasan.

Los cristianos entendemos que quienes tienen una planteo materialista de la vida no puedan entender la mortificación y muchas otras cosas. El mismo Jesús, cuando reprendió a Pedro por intentar convencerlo de que eso de la cruz era una locura, le dijo “tus pensamientos no son de Dios, sino de los hombres” (Mt 16,23). Por ese camino no se entiende. Y San Pablo señala: “el hombre animal no puede entender las cosas que son del espíritu de Dios, son necedad para él” (1 Cor 3, 14). Sucede que quien está saturado de materialismo, piensa y juzga todas las cosas según esas solas coordenadas: según el antiguo adagio, ya citado por el mismo San Pablo: “comamos y bebamos que mañana moriremos” (1 Cor 15,32).

¿Por qué los cristianos se mortifican?
La mortificación pertenece a la esencia misma del cristianismo: no hay cristianismo sin cruz. Así consta en la Sagrada Escritura y así lo vivieron los cristianos desde el comienzo.

Es más, fue también así en el Antiguo Testamento. En efecto Dios envía a los profetas a predicar la penitencia. Baste pensar en Jonás y su predicación en Nínive: “dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3,4). Y como la penitencia de sus habitantes movió la misericordia divina (Jonás 3,10).

Y los tiempos mesiánicos, se abren con San Juan Bautista, que “curiosamente” vive en el desierto, se alimenta de manera rudimentaria, viste penitentemente, etc. (Mt 3,4). Y no es casualidad, es parte del plan divino. Su predicación precisamente es “haced penitencia, pues el reino de los cielos está al llegar” (Mt 3,3).
Y el mismo Mesías comienza su vida pública, con cuarenta días de ayuno en el desierto (Mt 4,2). Invita a llevar la cruz. Anuncia la persecución a sus discípulos (Lc 21,12). Duerme a la intemperie en sus viajes (no tiene donde reclinar su cabeza: Mt 8,20). Afirma que nadie tiene amor más grande que dar la vida por sus amigos (Jn 15,13). El mismo se entrega a la muerte para salvarnos: téngase en cuenta que todos los sufrimientos soportados por Cristo en la Pasión deben considerarse voluntarios, no sólo como el ofrecimiento de algo sucedido contra la propia voluntad y que no puede evitarse: “por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo”. Como explica a sus discípulos que era necesario que así sucediese (Lc 24,25-26): no había otro camino.

Es tan necesario que resulta incluso una condición básica para poder ser cristiano. El mismo Jesús lo subraya cuando invita a seguirlo: “Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24). Y los discípulos, a quienes les costó mucho aceptarlo al principio, acabaron entendiendo: poco después de Pentecostés cuando son azotados por el Sanedrín, salen felices de haber sido considerado dignos de sufrir por Cristo (Hechos 5,41) y sus cartas están llenas de referencias optimistas y hasta gozosas a la cruz. Un ejemplo entre muchos, en San Pablo: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

Por eso los cristianos desde muy temprano adoptaron la cruz -el instrumento donde su Dios fue torturado y asesinado- como el signo cristiano por excelencia. Y no por masoquismo, sino por piedad: es la máxima manifestación del amor de Dios.
Y, aunque nadie busca serlo, los mártires son los héroes cristianos: se considera el martirio una gracia.
Y nos preparamos para la fiesta más grande (la Resurrección de Cristo) con un largo tiempo de penitencia: cuarenta días de Cuaresma, que conmemoran los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto (en los que –además de la oración, sacrificio y caridad personales- se nos manda hacer dos días de ayuno). Y todos los viernes del año son días penitenciales, en los que a través de la abstinencia nos unimos a la Pasión Redentora[1].

Y Dios perdona nuestros pecados en el sacramento de la penitencia, donde la misericordia divina nos “aplica” los méritos de la Pasión y Muerte de Cristo. Y la purificación de las “secuelas” del pecado se realiza uniéndose personalmente a la cruz de Jesús a través de la penitencia en sus dos dimensiones: la principal -interior, el cambio de corazón- y su manifestación externa -la mortificación- (Catecismo de la Iglesia n. 1431).

En la doctrina cristiana la salvación eterna pasa por la cruz. Ahí nos redimió el Salvador, y por allí debemos pasar también los discípulos. Santa Rosa de Lima lo decía de un modo gráfico: “fuera de la cruz no hay otra escalera por la que subir al cielo”.

La mortificación tiene dos “versiones”. La “pasiva” consiste en la aceptación generosa y alegre de las penas, dolores y sufrimientos que nos vienen sin buscarlas. La “activa” son las que nos buscamos por propia iniciativa (sobre formas de penitencia, cfr. Catecismo de la Iglesia, nn. 1434-1439).

Una aclaración. Los cristianos no estamos locos. Nadie piense que sentimos placer en el dolor -nos duele como a cualquiera, aunque obviamente con el tiempo uno se acostumbra-. Tampoco pensamos que es un “precio” que hemos de pagar por nuestra salvación.
Nos mueve el amor. Siendo el primer mandamiento el amor a Dios (Mt 22,37-40) -y a fin de cuentas el único, ya que todos los demás se dirigen a eso- no podía ser de otra manera: nos mortificamos por amor: como expresión de amor y para hacernos capaces de amar mejor.
Y, aunque es muy necesaria, la mortificación está muy lejos de ser la principal práctica cristiana. Tiene una función de purificación interior, y, por lo mismo no es un fin en sí misma: nos purificamos para ser más gratos a Dios y disponernos a ser más dóciles a la acción del Espíritu Santo.
La mortificación sólo tiene sentido y valor en un contexto de amor a Dios. Quien se mortificara por otros motivos -por soberbia o vanidad, para sentirse puro, superior, o lo que sea- perdería todo el mérito de su acción, que quedaría vaciada de contenido.

Y la verdad es que tampoco es para tanto... No somos mártires, ni nos sentimos héroes, ni víctimas. Nos parece que es lo menos que podemos hacer por quien ha sufrido tanto por nosotros.

Los beneficios de la mortificación
Los principales beneficios de la mortificación son espirituales.
¡Hace tanto bien al alma! Purifica de los propios pecados y de sus consecuencias, “espiritualiza” aumentando la sensibilidad para la oración, da dominio sobre uno mismo, aleja las tentaciones, libera de caprichos, inmuniza contra el consumismo y la frivolidad, es escuela de generosidad. Lleva a superar defectos y a crecer en virtudes.
Y como la mejor mortificación es la que nos ayuda a mejorar nuestro carácter y a darnos a los demás, tiene muchas consecuencias en el plano humano. Nos ayuda a trabajar mejor (la puntualidad y el orden, por ejemplo, son excelentes mortificaciones). A vivir mejor la caridad y la convivencia (soportar pacientemente las bromas inoportunas, escuchar a personas pesadas, etc. son otros tantos ejemplos de mortificación). Incluso ayuda a disfrutar más las cosas buenas de la vida (la falta de negación de uno mismo lleva a que las cosas “empalaguen”), de la misma manera que cuando éramos chicos, los caramelos que nos gustaban, los disfrutábamos más cuanto menos los comíamos.

La mortificación no nos amarga la vida, ni nos empequeñece el ánimo, sino que acaba siendo fuente de alegría.

Así lo vivieron los santos y millones de cristianos “comunes” que ven en la cruz una bendición de Dios.

Para comprender el sentido de la mortificación del cristiano es muy recomendable, por ejemplo, leer los textos de la Liturgia de Cuaresma: las oraciones y lecturas de las Misas de cada uno de esos cuarenta días. Se puede encontrar allí un tesoro de doctrina.

Y si tenemos en cuenta que Dios sólo nos pide lo que necesitamos, descubriremos que paradójicamente la mortificación es clave para la consecución de la felicidad

Pbro. Dr. Eduardo María Volpacchio
15.3.06

[1] En la Argentina, la Conferencia Episcopal autoriza a reemplazar la abstinencia de carne por la abstinencia de bebidas alcohólicas, o por una obra de caridad o por una práctica de piedad.

¿Por qué tengo que obedecer?

Reflexiones en torno a la obediencia

De todas la virtudes, hoy una de las más incomprendidas es la obediencia. No se sabe qué sentido tiene ni para qué sirve. La mayoría de las personas la ven como un hecho a soportar, una imposición que no es posible evitar: el pez grande se come al pez chico, el más fuerte manda y el más débil obedece, uno es jefe y el otro empleado... porque no les queda otra opción. Y de la que uno conseguirá liberarse cuando crezca, progrese, tenga más dinero… pueda ¡por fin! hacer lo que le da la gana, sin tener que obedecer a nadie.
Desde esta perspectiva la obediencia supondría –estaría unida a– debilidad, falta de edad, sometimiento, humillación. Es decir, algo que no sólo carece de valor, sino que es un antivalor: cuanto antes uno se libere del yugo de la obediencia, mejor; uno será más uno mismo en la medida que no tenga encima una voluntad ajena que obedecer.
Esta visión llega a extenderse a las relaciones con Dios: tengo que obedecerlo para no irme al infierno... pero lo mejor sería no tener que hacerlo.

La obediencia, ¿una virtud?
Si tener que obedecer es algo no deseable y hasta malo ¿cómo puede ser algo virtuoso?
Una virtud es una perfección de nuestra naturaleza. Si la obediencia fuera una virtud, una persona obediente sería más perfecta que una desobediente. Tendría una personalidad más madura, más desarrollada, más perfecta. Pero, afirmar esto es contradictorio con la visión de la obediencia que describimos en el párrafo anterior. ¿Qué es lo que no funciona?

En una cultura individualista, donde se busca la afirmación de sí mismo sobre todas las cosas, se hace muy difícil entender la obediencia.
Para nuestra cultura la obediencia lejos de ser una virtud –algo valioso, bueno, meritorio–, es algo malo, o al menos deseable que se evite. Es bueno mandar, es malo tener que obedecer. Si hay que hacerlo se hace, ya que así son las reglas. Se parte de una especie de contrato: cedo en algunas cosas para ganar en otras. Para evitar problemas, tener seguridad... -en el fondo siempre motivos de conveniencia personal- me someto y obedezco leyes, para que las leyes me protejan de los demás, etc.

Pero para un cristiano el punto de referencia es Cristo. Es el modelo a imitar. Y Cristo quiso, El mismo, obedecer. Dios se hace hombre y quiere someterse a unos padres (María y José) muy santos pero muy inferiores a El; a las leyes religiosas (se circuncida, asiste al Templo…); a las autoridades civiles (nace en Belén por cumplir con un censo, paga impuestos…). Además lo enseña: presenta la obediencia como una virtud fundamental para sus discípulos.
Y los primeros cristianos así lo entendieron, valoraron y vivieron.
Entonces es razonable preguntarse ¿por qué será tan importante la obediencia? ¿Qué sentido tiene?
Necesitamos hacer todo un descubrimiento: la obediencia no somete, armoniza; no empequeñece, lleva a la plenitud; no separa, une… Es parte del camino a la perfección.

Para entender la obediencia... hay que entender la autoridad
Se obedece a alguien constituido en autoridad. Si tengo obligación de obedecer, el otro tiene derecho a que le obedezca y viceversa. ¿Por qué?
Lo que la autoridad no es: no es arbitrariedad, no un privilegio, no un medio para satisfacer los propios caprichos, no supone autoritarismo...
Básicamente es un servicio. El que manda debe ser quien más sirve. Su mando está al servicio de los “mandados”. Corrompería su autoridad quien se sirviera de ella para su propio beneficio.
Tiene sentido que haya una autoridad. Es necesaria. Para que un grupo de personas pueda formar una unidad: funcionar al unísono, como si fueran una sola persona. Orgánicamente: distintos miembros organizados, coordinados. Esto requiere una cabeza que señale la dirección.
Por esto, en todo grupo de personas, en toda sociedad, el bien común exige una autoridad. Esa es su razón de ser: servir a quienes mandan y al todo del que ella misma es parte. No es el “dueño” de los demás, sino su servidor. Cada uno sirve desde su lugar.
Así evita el caos y hace posible la armonía.
Esto no es inmovilismo: a medida que una persona crece, madura, se perfecciona adquiere mayor responsabilidad porque está en condiciones de poder servir mejor.

Sólo quien sabe obedecer, sabe mandar. Sería peligrosísimo que quien no sabe o no quiere obedecer ejerza el mando: fácilmente se convertiría en un tirano. Por otro lado, todos obedecemos. De aquí que quien manda debe ser el primero en someterse a la ley, a lo pactado, al honor… a Dios. Si quien manda desobedeciera, estaría minando su propia autoridad.

Sólo se debe mandar lo que es bueno para el todo (el bien común) siéndolo también para quien lo ejecuta -aunque a veces le cueste esfuerzo y sacrificio: el bien que trae consigo lo justifica-.

El arte de saber mandar: encontrar el puesto de cada uno: descubrir sus aptitudes y potencialidades, ver donde es más eficaz, saber animar, enseñar coordinar. Conseguir que cada uno dé lo mejor de sí mismo y así se desarrolle.

La autoridad hay que ganársela. Es sobre todo autoridad moral. No bastan los "títulos" (ser padre, profesor, gobernante…). La autoridad moral es una gran ayuda a la obediencia. Si quien tiene que obedecer ve el ejemplo, tiene en gran estima a quien manda, la obediencia se ve muy facilitada.
No hay que abusar de la autoridad: usarla para propio beneficio o arbitrariamente haría perderla. El que manda está sujeto a la virtud de la justicia: “dar a cada uno lo que le corresponde”: reparte tareas, cargas y beneficios equitativamente. Si no lo hiciera así, sería injusto.

¿Qué sentido tiene obedecer?
No es la mera ejecución de la voluntad de otro. La materialidad de hacer lo que me dicen no es virtuoso en sí mismo: si lo mandado fuera algo bueno podría hacerlo por miedo, falta de personalidad, con odio, etc. Si fuera malo, haría una acción mala. Un perro puede hacer lo que le ordena su amo para recibir como premio un hueso o evitar un golpe, sin embargo no puede obedecer porque no es libre. Sin libertad no hay obediencia. Sin adhesión interna no hay obediencia como acto virtuoso. La obediencia como acto virtuoso supone la unión de voluntades, el actuar libre y responsablemente.

La obediencia no es sometimiento del más débil al más fuerte. No es una imposición del poder. No es tampoco una mera cuestión funcional (aunque también lo es).

Miembros de un cuerpo social
La obediencia procede de la naturaleza social del hombre: no es un ser aislado, se relaciona e interactúa con los otros, formando «cuerpos» sociales, organizados que requieren organización y estructura.
Todo lo jerárquico supone la obediencia. Es lo que hace orgánico.
Y cuánto más dependa de la obediencia más importante será obedecer. En un ejército, donde la vida de muchos compañeros depende de que cada uno cumpla su parte, la obediencia es mucho más férrea que en un equipo de fútbol, donde sólo están en juego tres puntos de un campeonato.

El hecho de ser sociales y relacionarnos con otras personas crea y exige vínculos: son lo que nos unen a los demás: necesitamos vínculos: desde los afectivos hasta los laborales. Ahora bien, esos vínculos que de alguna manera nos atan, ¿nos limitan? No, en realidad ¡nos realizan!
De la misma manera que en el cuerpo humano los ligamentos, tendones, músculos… no limitan los movimientos del brazo sino que lo posibilitan.

El trabajo en equipo requiere coordinación. La organización supone jerarquía. Sin obediencia todo es desorden. Se necesita una estructura, de otro modo todas las piezas están sueltas. Vale para todo, desde empresas hasta equipos de fútbol, desde familia hasta países.
La coordinación de esfuerzos aumenta la eficacia. Se ve hasta en las «cinchadas»: cuando todos tiran al unísono son capaces de “arrastrar” al otro equipo. Hace posible funcionar en equipo, donde todos son importantes: la resistencia de una cadena se mide por el eslabón más débil. Aún en la maquinaria más sofisticada un tornillo es importante: si se desajusta...

Camino de crecimiento personal
Durante el períodos de formación una persona necesita aprender de otro. El aprendizaje se basa en hacer lo que me dicen. Haciendo lo que me dicen me entreno, me ejercito. La enseñanza “funciona” según este principio. De manera que aprendo obedeciendo.
Además adquiero disciplina interna: estando sujeto a otro voy consiguiendo dominio de mí mismo. Difícilmente una persona consiga una voluntad fuerte si no aprende a obedecer. Sujetándome a la voluntad de quien tiene autoridad sobre mí, consigo tenerla sobre mí mismo. Quien no quiere obedecer posiblemente sea muy caprichoso.

¿Y cuando no me gusta lo que me piden? ¿Cuando no tengo ganas?
Si una persona sólo está dispuesta a obedecer si comparte la orden... no tiene la virtud de la obediencia, que supone mirar al conjunto antes que a nosotros, saber funcionar en equipo, ser responsables de la parte que nos toca en bien de todos.
No hace falta entender lo que me piden para obedecer “inteligentemente”. Basta que quien lo mande tenga autoridad y que no sea malo lo mandado. Aunque no lo comparta del todo. Me doy cuenta de que quien está a la cabeza tiene más datos, ve todo el conjunto, sabe a dónde dirige el todo, coordina distintos esfuerzos, etc. La mayor parte de las cosas pertenecen al ámbito de la libre opinión, y quien tiene que decidir elige una opción entre las distintas posibles.
Aún cuando no entienda, si obedezco es meritorio: me venzo por el todo. Y esto no es indigno del hombre; al revés: obedeciendo, me someto, porque entiendo que es necesario para el funcionamiento de la sociedad, aunque en este caso concreto no me guste, sé que lo que se me pide no es malo y que obedecer es un bien.
Y si sucediera que se me pide algo ilícito, obviamente no debo hacerlo. Tengo derecho a obrar de acuerdo a mi conciencia y a no ir contra ella. Es lo que se llama el derecho a la objeción de conciencia.

Mejora en las virtudes
El ejercicio de la obediencia requiere otras virtudes, a las que al mismo tiempo potencia: humildad, generosidad, servicialidad, sentido de justicia, responsabilidad. Los principales obstáculos para la obediencia son la envidia, la soberbia y el egoísmo. Por lo mismo, la obediencia es uno de los mejores atajos para vencer la soberbia y crecer en humildad. Y un termómetro para ver cómo andamos en estas virtudes.

Desde la dependencia a la independencia para llegar a la interdependencia
En un primer momento el proceso de maduración personal supone ser cada vez más independiente: ser capaz de funcionar con autonomía, por uno mismo. Ahora bien, no acaba ahí. Una persona sola, actuando independientemente consigue muy poco y su obra no tendrá continuidad. La independencia personal no puede ser el objetivo final de nadie razonable. Cuanto más independiente, más limitado, más incapacitado de hacer cosas grandes.... Comparemos un tren con una bicicleta. La bici tiene sus “ventajas”: me permite ir por donde quiero, parar cuando me canso, tirarme a tomar sol a mitad de camino... Pero el tren no representa una limitación, aunque me limite el movimiento -no puedo salirme de las vías-, necesite que haya quien esté en una boletería, quien repare las vías, exija horarios muy estrictos, etc. ¡Me permite ser mucho más eficaz que una bicicleta! ¡Puede transportar a miles de personas!
Formar parte de un todo -el cuerpo social- que valora y respeta a las partes: cada uno no es un mero engranaje de un mecanismo, sino que tiene su dignidad y autonomía personal.

Se podría decir que el itinerario de maduración tiene dos etapas: de la dependencia a la independencia, de la independencia a la interdependencia. La independencia no es un fin en sí mismo. Y la autosuficiencia es mala: aísla, separa. Pero es necesario alcanzar la independencia para seguir creciendo. Crear lazos, unirse a otros, tener proyectos comunes. La apertura a los demás enriquece enormemente. Entonces, siendo independientes, somos también interdependientes: hay entre nosotros una mutua relación de colaboración.
De alguna manera todos dependemos de todos.

¿Y Dios que tiene que ver con la obediencia?

Creó un mundo en estado de desarrollo hacia la perfección y lo dirige hacia ella con su Providencia (plan de Dios para gobernar el universo). Los seres no inteligentes se dirigen a ella necesariamente: hacen lo que Dios quiere -lo que los lleva a su plenitud- de modo "automático", porque no son libres, no pueden obedecer. Lo suyo no es meritorio.
Dios quiso que el hombre se adhiriera libremente a su plan y tomara parte de él. Y esto, por amor al hombre: para engrandecerlo haciéndolo partícipe de semejante tarea.

El pecado original que perturbó el orden creado, fue precisamente un pecado de desobediencia.
Dios se hizo hombre para redimir al hombre y lo salvó a través de la obediencia.
Y nos pide obediencia: ¡por nuestro bien! Tonto sería pensar que Dios “necesita” que lo obedezcamos. Dios no quiere "robots", quiere hijos que le hagan caso por amor. Su voluntad nos guía a la plenitud. Lo importante no es “cumplir” meramente, sino amar a través del cumplimiento de su voluntad.

Además cuando obedecemos a hombres establecidos en autoridad en sociedades humanas (a todo nivel: Estado, familia, club...) o en la Iglesia (Papa, Obispos) -cuando ejercen esa autoridad dentro del ámbito que le es propio-, estamos obedeciendo a Dios. No porque Dios determine el mandato concreto (decir “esto es la voluntad de Dios” de un modo absoluto en cosas intramundanas -no reveladas-, sería caer en un fundamentalismo inaceptable), sino por el origen divino de toda autoridad.
Al hacer al hombre social, Dios quiso que hubiera una autoridad. Esto porque la sociedad, por definición, exige tener una autoridad (no es posible que exista una sociedad sin autoridad). Es un silogismo elemental: la sociedad exige autoridad, Dios quiso la sociedad, por tanto, Dios quiso la autoridad.
Entonces es voluntad de Dios que obedezcamos a esa autoridad que necesariamente debe haber. Esto no implica que cada mandato recibido sea una voluntad de Dios explícita. Dios quiere que obedezcamos. Y punto. A quien manda le pedirá muchísima cuenta –para qué y cómo usó de su autoridad–, ya que el único fundamento de la misma es la voluntad de Dios. Y quien lo obedece lo hace, queriendo obedecer a su Creador.

¿Y si quien manda, manda mal?

El planteo que venimos haciendo no supone convertir a quien obedece en un robot que cumple órdenes, ni la sujeción absoluta en un ideal de vida. La obediencia no suprime la libertad. Podemos obedecer porque somos libres, como ya hemos dicho. Pero sobre todo porque los ámbitos de autonomía son enormes, ya que abarcan la mayor parte de la vida.

De aquí, que quien manda arbitrariamente sea un tirano (sea presidente de un país, padre de una familia, directivo de una empresa o párroco en una parroquia) que va perdiendo su autoridad. Esto hasta el punto de que en determinados casos sea obligatorio desobedecer: cuando se manda algo moralmente malo. Allí no hay legítima autoridad y, por lo mismo no se debe obediencia. Si la autoridad sale del ámbito que le da sentido, pierde su razón de ser.
Las persona erigidas en autoridad tienen que respetar los amplios márgenes de legítima autonomía de las personas a su cargo como condición de legitimidad de su misma autoridad.

Obediencia y ámbitos de autonomía
Ser padres no significa ser "dueños" de los hijos. Antes de hijos suyos, son hijos de Dios. Tienen además una dignidad personal. La consecuencia es inmediata: la autoridad paterna está en función de la formación de los hijos: de su bien (no del bienestar, gusto o capricho de sus padres). No se extiende a todo. Es interesante citar el Catecismo de la Iglesia Católica: «Mientras vive en el domicilio de sus padres [por tanto no señala límite de edad], el hijo debe obedecer a todo lo que estos dispongan para su bien o el de la familia [es decir, tiene un ámbito muy concreto]. "Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor" (Col 3,20; cf Ef 6,1). Los hijos deben obedecer también las prescripciones razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes sus padres los han confiado. Pero si el hijo está persuadido en conciencia de que es moralmente malo obedecer esa orden, no debe seguirla» (n. 2217).

La dependencia de los hijos respecto a sus padres es algo elástico, que va desde la dependencia total en los primeros años (cuando los padres deciden qué comen, cómo se visten, dónde van... todo) hasta la independencia total cuando se van a vivir por su cuenta. Es un proceso… a veces un poco traumático (los mayores no olvidemos nuestras rebeldías adolescentes). Es natural que sea así. Los hijos necesitan límites y también –progresivamente a medida que crecen– mayor autonomía: es un equilibrio a conseguir. Y requiere guiarse por la cabeza.

Dos actitudes extremas ante la autoridad

Obediencia y sumisión
Cuando subrayamos los valores de la obediencia no estamos proponiendo como ideal un tipo de persona sumisa y sometida. Hay quienes por cobardía, o por falta de personalidad, por comodidad, para evitar complicaciones, lo aceptan todo, no discuten nada, se someten a todo. Prefieren hacer algo que no les gusta, o incluso está mal o los ofende, antes que pasar un mal rato. Esto no es virtuoso, ni es obediencia. Obviamente cumplir un mandato malo no es un acto de obediencia, ya que en este caso la virtud exige resistirse a ese mandato.
La obediencia debe ser inteligente y voluntaria. Enriquecedora. Es un servicio al bien.
Requiere madurar e involucrarse personalmente al hacer las cosas, sin huir de los problemas.

Obediencia y rebeldías
En el ámbito de la obediencia es natural que, a veces, sintamos rebeldías al recibir un mandato. Las causas pueden ser múltiples. Algunas son defectos nuestros: soberbia –nos revienta que nos manden–, egoísmo –nos cambian planes que no estamos dispuestos a ceder–, pereza –no tener ganas–, etc. Otras son debidas a defectos de quien manda: tono en que exige, circunstancias en las que nos lo dice, falta de consideración de nuestras cosas... O también el mandato en sí mismo que puede no ser del todo razonable y, por tanto irritarnos.
En esas circunstancias el asunto será aprender a manejar las rebeldías con la cabeza.
Las rebeldías en sí mismas no son algo bueno ni malo. Expresan nuestra inadaptación a algunas cosas del mundo exterior. Es bueno sentir rebeldía ante lo que no es bueno. Presenciar una injusticia, por ejemplo, debería producir indignación en cualquier persona.
En este sentido las rebeldías son factor de progreso social: no acepto una serie de cosas de una sociedad y quiero mejorarlas.
La rebeldía es una reacción pasional y por tanto no racional. Esto por definición. Entonces una persona cuerda analizará primero la razonabilidad de la misma. Y después, la manejará según sea el caso (la seguirá racionalmente o la rechazará por su falta de lógica).
Como reacción anímica -y, por tanto, no racional- ante lo que incomoda es posible -y con frecuencia ocurre- que se sienta rebeldía contra cosas buenas, que en algún aspecto me molestan. Entonces se con claridad que las rebeldías deben ser tamizadas por la inteligencia, encargada de discernir la razonabilidad de las cosas.
En el caso de las rebeldías “irracionales” la voluntad deberá encarrilarlas por caminos razonables.
La rebeldía sistemática y por principio ante todo y todos, es una manifestación de infantilismo y de poca inteligencia.

Hay ámbitos en los cuales la dependencia y el deber –por ejemplo, un empleado en una empresa– hacen que una persona tenga que "tragarse" su rebeldía: no puede exteriorizarla sin perjuicio propio. Quienes no tienen este mínimo autocontrol sufren las consecuencias de su mal carácter perdiendo trabajos, sufriendo multas, aplazos, etc.
Hay otros ámbitos en los que estos "filtros" no existen y es más necesario que actúe la virtud. Uno de ellos es la familia, donde la confianza mutua facilita que uno se manifieste “tal cómo es”... y a veces, tan bruto como realmente es.
Habrá que aprender a decir la cosas razonablemente y de buena manera. A charlar, cambiar impresiones. A «negociar» permiso, encargos… Esto requiere un plus de amabilidad y de autodominio.
Pero sería absurdo que en nombre de la confianza que engendra el cariño… los miembros de una familia se trataran como si no se quisieran…

Conclusión
La obediencia es una virtud necesaria y positiva. Engrandece a quien la tiene.
No todo mandato entra dentro de los ámbitos de la obediencia. Sólo en la medida que se ajuste al sentido y objetivo de la autoridad, que es el servicio.
Hay que aprender a obedecer y a mandar. A lo segundo se aprende a través de lo primero.
P. Eduardo María Volpacchio